Me disponía a acudir
al área de juzgados del Resort una tarde que en su color dibujaba ya el
preámbulo de la noche. No sin antes hacer una parada en el pasillo de mi suite
y aprovechar el viaje para ser acompañado por el Sr. Don Colombia, y como
antecedente les cuento que, es uno de los más distinguidos huéspedes del Resort
y es vecino mío, ya que habita en el mismo pasillo que yo. Es un hombre
sexagenario, extraordinario conversador, rebelde porque continuamente desacata
con prudencia irreverencial las indicaciones de los encargados del orden,
situación que le ha valido la antipatía de varios oficiales del lugar, pero
también la simpatía de muchos huéspedes que, al igual que yo, participamos
celebrando sus ligeros desacatos con discretas sonrisas que apenas se trazan
con una gran complicidad. Como su nombre lo dice, él es nacido en Medellín,
Colombia, y hace cerca de dos décadas que habita en “México Mágico”, tiene un
poco más de 2 años que es huésped de este distinguido Resort. Se caracteriza
por tener un tono de voz fuerte con un particular y agradable uso del idioma
castellano.
Al dirigirnos al área de juzgados
del Resort, hicimos una antesala saliendo de nuestro pasillo. En esta área, que
es una especie de lobby, por medio de puertas de seguridad conduce de los
pasillos de habitaciones a los pasillos que desplazan hacia diferentes zonas
del Resort. También conduce a unas escaleras que bajan al área de restaurante y
del patio de recreación. Aunque este lobby está techado, tiene vista panorámica
por medio de unas mallas de reja que hacen de separación entre el patio, la
escalera y el restaurante. Bueno, pues el Sr. Colombia y yo nos encontrábamos
esperando a ser guiados por otro oficial para el área jurídica cuando, al alzar
por un momento la vista, notamos que en la reja que anteriormente describí, había
un búho. Ambos nos volteamos a ver como diciéndonos – Será que es un búho? – y
de pronto una voz hostil nos alertó que teníamos que continuar nuestro camino;
por lo que sin poder hacer mayor pronunciamiento, optamos por acatar las
instrucciones y avanzar hasta llegar a los pasillos. En cuanto entramos al pasillo
de los juzgados, y escuchamos una fortísima voz de mando a lo lejos, el Sr.
Colombia se me acercó y susurrando cerca de mi oído me comentó – Parece que es
Pavarotti –. De pronto, nos acomodamos cómodamente cerca de una columna,
parados con las manos por detrás, sujetadas, y apoyando la frente a la pared.
Había bastantes huéspedes esperando, quizá 40, y entonces me dijo el Sr.
Colombia – Verás cómo ese Pavarotti nos pasa al último –. Y como ya les había
comentado, por la irreverencia del Sr. Colombia, por desgracia, algunos encargados
del orden le hacen cobrar factura a su modo. ¿Cuál modo? En este caso,
pasándonos al final. Pero por fortuna, esta demora me permitió entablar una
charla cuchichera muy sui géneris con el huésped sudamericano, en la cual, me
explicó algunas de las formas que él tiene de cobrar factura. Por ejemplo,
cuando está en el comedor, por más gritos de “apúrese”, “entregue su charola”,
él se toma su tiempo para enjabonar unas cuantas veces su plato y sacarle
brillo, y por más que recibe todo tipo de actitudes hostiles por parte de los
encargados de la seguridad, él se toma su tiempo caminando con paso firme, pero
sin apresurarse, a integrarse al último a la fila. Otra forma que utiliza para
cobrarse su factura, es cuando viene el Swat Team pirata con las tortugas ninja
a hacer revisiones a las habitaciones, entonces, cuando los intimidantes
oficiales le dicen – Tiene algún artículo prohibido? – él les contesta: -
revise la habitación y haga su trabajo, que para eso le paga el Gobierno
Federal –.
Otro ejemplo para hacer desatinar
a los encargados del orden es brincándose la dieta, y esto lo hace cuando al
llegar al restaurante del Resort observa si el chef, en su carrito de comida
trae consigo unos tuppers marcados con el número de huésped o no. Esto debido a
que al Sr. Colombia le asignan dieta hiposódica, en la cual los alimentos son
insípidos. No es por justificarlo, pero de por sí, el menú deja mucho que
desear, ahora imagínenlo desabrido! Entonces, cuando el chef sirve la comida de
dieta directamente en las charolas, el Sr. Colombia toma una charola de comida
normal, y aunque los chefs o los encargados del orden le dicen - ¡Usted tiene
dieta! – él les contesta con una seguridad aplomante – El doctor me comentó que
en estos días me la iban a suspender, y como no viene mi tupper, seguro ya me
suspendieron la dieta. Fue así como después de darme estos ejemplos me explicó
quienes son los encargados del orden que más lo incomodan, pero mi sorpresa no
fue que estos oficiales tengan esas conductas, sino los apelativos que me hizo
favor de compartir para nombrar a estos individuos. Y es que por las estrictas
normas de exclusividad del Resort, nadie, incluso el personal que labora en el
Resort, tiene autorizado dar algún nombre. Es por eso que el Sr. Colombia y
muchos de los huéspedes utilizan apelativos para identificar a estos
personajes; entonces, al comenzar con nombres como: El comandante ronco, Nariz
de mango, La hormiga atómica, Chabelo, El Botija, El Pollo, Fursio, El Duende,
El Troll, El Chango, y algunos otros apodos, comenzaron a desfilar, y al irlos
nombrando, mi memoria iba asignándoles rostros. Esto me provocó una risa casi
audible, que por suerte pude contener. La lista se convirtió en interminable,
otros nombres siguieron, como La Muñeca, El Sonrisas, Los Gemelos Brennan, El
Menonita, El Mastín, Botella, El Comandante Tronco, Next, Polichoche, Lupe
Bronco, ¡Ufff! Qué Folklor! Fue así como sin darme cuenta, un par de horas y
sonrisas de travesura pasaron, cuando de pronto, quedábamos sólo él y yo. Por
supuesto, Pavarotti me pasó a mí primero, y al último al Sr. Colombia, que al
salir me comentó un – Se lo dije!
Ya entrada la noche, regresamos a
nuestras habitaciones, y por mi parte, antes de entregarme en los brazos de
Morfeo, recordé con una gran sonrisa el ingenio de algunos de los nombramientos
de mi camarada, el Sr. Colombia. A la mañana siguiente, al dirigirme a
desayunar al comedor, puse más atención en la reja, ya iluminada por el Astro
Rey, y pude observar que, efectivamente, se encontraba el búho o tecolote, pero
esta ave, ya a contraluz, se percibe de utilería, por lo que quedé sorprendido,
al igual que otros compañeros huéspedes, que la tarde anterior pensamos que era
un ave real. Incluso, intercambiando comentarios, hubo quien pensó que esto era
una premonición, incluso un mal augurio, ya que hay un viejo dicho que dice
“Cuando el tecolote canta, el indio muere”. Pero por fortuna, esa mañana los
huéspedes del Resort pudimos modificar ese adagio por: “Cuando el tecolote
canta, los huéspedes ríen”. A todos se nos hizo increíble cómo el departamento
de mantenimiento del Resort colocó este pajarraco de utilería con el fin de
ahuyentar a los pajaritos criollos que con singular alegría hacen sus
necesidades por todos lados en el Resort. De este resultado ya les pondré al
tanto más adelante.
Esa mañana, al terminar de
desayunar e ir de regreso a nuestras estancias, se escuchó a El Panita dando su
menú. El Panita es otro distinguido huésped sudamericano de mi pasillo; él es
nativo de la hermana Ciudad de Cali, en donde al decir mi pana, es como decir
mi camarada, mi amigo, y por tal motivo, los huéspedes lo nombramos panita. El
Panita tiene la particularidad de comunicarse haciendo unos ruidos como de
garraspera, así como los ¡Hmmms! de Pitufo Gruñón; y esto lo hace al
intercambiar el menú de las comidas con nuestros compañeros huéspedes del
pasillo de arriba, ya que si el pasillo de arriba va al comedor antes que el
nuestro, sus informantes le dan al regresar santo y seña de los platillos, y
viceversa cuando nuestro pasillo asiste primero al comedor, él les informa de
los platillos, pero lo hace de una manera muy peculiar, siempre con un sello
distinguido que hace la diferencia. Utiliza la palabra “Espectacular”, y mi
frase favorita es cuando dice “como fino detalle de coquetería”. Por ejemplo,
esa mañana, El Panita dio el menú: - café de calcetín tibio casi frío, nopales
con una muestra gratis de huevo, incluye unos cuantos adornos de cáscara del
mismo, con un par de panes integrales y un poco de fríjoles (él acentúa en la i
los frijoles) sin sal para no subir el colesterol; provecho – Pero cuando
sirven algún platillo que a él le gusta, dice: - les traje ahora un guisado
Espectacular de carne de puerco en salsa verde, con arroz, 5 tortillas y como
fino detalle de coquetería, una manzana. Es así como más de uno esperamos con
algarabía su siempre creativo “Panita Menú”.
Ya encarrerado con las
aportaciones de nuestros distinguidos huéspedes sudamericanos, me falta hablar
del Sr. Cartagenés, que como todo buen costeño, es una persona muy amigable,
ligero y afable en su trato, con un acento muy particular al hablar. Él, aunque
en broma dice que utilizaba pantaloncillos cortos ya en la época de Jesucristo,
haciendo alusión a su edad, no es una persona antigüa, sólo es un adulto
contemporáneo muy dicharrachero. El Sr. Cartagenés padece de “La Diabólica”,
por lo que tiene que cuidar su ingesta de azúcar; aunque cada que tiene
oportunidad logra escabullirse en el comedor y se sirve agua de sabor, con alto
contenido de azúcar, y aunque en la tienda del Resort no le autorizan la venta
de los 2 chocolates Carlos V que podemos comprar por huésped cada semana, él se
las ingenia para conseguirlos, son su debilidad. Aunque ya en un par de
ocasiones se ha desmayado por una descompensación, esto parece no tener mucha
importancia. El Sr. Cartagenés tiene otra particularidad, que es que siempre le
pasa algo, se le olvidan sus artículos de tienda, se tropieza, se le cae su
vaso, se pone al revés su playera o su pantalón, en fin, es un poco despistado;
pero definitivamente, su camaradería y amabilidad de trato hacen pasar por
desapercibidos esos detalles, que incluso al tomarlos él con tan buen humor,
hace que compartir esa cotidianidad sea pasar un muy agradable rato.
Por ahora, quise salirme un poco
de mí y compartirles más de la aportación de algarabía de nuestros distinguidos
huéspedes sudamericanos. Además, creo que es momento de ver un poco los toros
desde la barrera y disfrutar del espectáculo, y así ver gratamente que se puede
disfrutar sin ser el torero vestido de luces en el ruedo. Aunque eso sí, añoro
salir en hombros del Resort, o desde otra óptica taurina, indultado por la
extraordinaria faena jurídica. Por lo pronto, me despido con un ¡Olé!